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Cómo afectan las situaciones sociales en los pacientes con COVID-19

En enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el brote de la enfermedad por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 (COVID-19) como una emergencia de salud pública de importancia internacional. En marzo de 2020, caracterizó el COVID-19 como pandemia. Desde entonces la OMS y las autoridades de salud pública de todo el mundo están actuando para contener el brote, que ha implicado desafíos antes impensados para las personas, las comunidades y las instituciones.

Esta pandemia puede ser considerada como el primer gran impacto de repercusión planetaria en la historia reciente del mundo globalizado. Aunque sus efectos en materia de salud pública están siendo superlativos, también lo son en todos los demás ámbitos de la vida pública y privada, individual y colectiva. Como es el caso en la mayoría de los procesos naturales, sus oportunidades o contingencias asociadas dependerán del modelo de desarrollo en el que se produzcan. Con la pandemia, esto se ha puesto más en evidencia.

En lo que respecta a las personas, surgen manifestaciones emocionales como angustia, desconfianza, ansiedad, temor al contagio, enojo, irritabilidad, sensación de indefensión frente a la incertidumbre e impotencia. También han surgido expresiones de discriminación y estigma frente a las personas diagnosticadas con COVID-19, dado que es una enfermedad transmisible, nueva y desconocida.

Estos problemas se tornan más complejos en el caso de personas con dificultades cognitivas que afectan su toma de decisiones, en aquellos que presentan carencias educativas y materiales, que ya estaban en condiciones de vulnerabilidad social por la informalidad o falta de trabajo, por la marginalidad en la cual se encontraban dentro de la sociedad, por su condición etaria o por las carencias de su vivienda[1].

Es necesario poner en marcha programas integrados de gestión sanitaria entre niveles asistenciales, con participación activa de enfermería comunitaria y hospitalaria y la incorporación de distintas modalidades de telemedicina, para recuperar dicha continuidad asistencial lo antes posible. Por otro lado, será necesario desarrollar para cada área sanitaria nuevas modalidades de gestión de la atención sanitaria adaptadas a la pandemia por COVID-19 que incluyan la hospitalización y atención ambulatoria, no podemos dejar de tener en cuenta una quinta oleada transversal a todas las anteriores, en la que debemos garantizar la máxima fortaleza del sistema nacional de salud, en particular el sistema público de salud: enfrentarnos a la crisis económica que seguro vamos a sufrir y las consecuencias psicológicas para ciudadanos y profesionales sanitarios.

Entre las múltiples consecuencias sanitarias, sociales y económicas de la COVID-19, es necesario reconocer diferentes grados de afectación de los sistemas nacionales de salud en  pacientes agudos con COVID-19 en particular, una disminución de la demanda asistencial de pacientes con síndrome coronario agudo que, estamos convencidos, ha contribuido al exceso de mortalidad observado durante la pandemia, debida a la atención de pacientes que acuden con retraso, en muchos casos con cardiopatías graves como consecuencia de haber pasado en sus domicilios el cuadro agudo[2]. Lo cierto es que las revisiones recogen entre 50 y hasta 200 síntomas, con una media de entre 1 y 36 por paciente, según datos de la Sociedad Española de Médicos Generales y Familia (SEMG) obtenidos de 1.800 pacientes con un tiempo medio de persistencia de más de seis meses de sintomatología covid-19. El 79% eran mujeres y la mitad de los enfermos tenían entre 36 y 50 años. 

Uno de los mejores metanálisis aparecidos hasta ahora, en la plataforma de prepublicación med Rxiv, obra de un equipo internacional dirigido por Sonia Villapol, neurocientífica del Weill Cornell Medical College, de New York, ha recopilado entre 50.000 pacientes ese medio centenar de secuelas -detallan 55- tras cribar casi 20.000 estudios. Vieron que el 80% de los pacientes mantenían al menos una secuela, como fatiga, dolor de cabeza, disnea, pérdida de cabello, niebla cerebral y ageusia.

Otros análisis, como el dirigido por el King’s College de Londres, en Reino Unido, entre más de 4.000 pacientes usuarios de la aplicación Covid Symptom Study, indican que uno de cada siete tenía síntomas durante más de cuatro semanas; uno de cada veinte durante al menos ocho semanas, y uno de cada cincuenta seguían sintomáticos a los tres meses. También se refirieron más mujeres y un 16% de los estudiados presentaron alguna recurrencia tras un periodo de mejoría. Los porcentajes pueden llegar hasta el 50% o incluso el 90% entre hospitalizados.  

En cualquier caso, la mayoría de profesionales apunta hacia un proceso multifactorial que es necesario desentrañar. Aunque ‘a priori’ no se han detectado daños graves en los órganos afectados, el seguimiento está hallando desequilibrios y descompensaciones clínicas que no se ajustan a los de las pruebas objetivas. Se ignora igualmente si su mantenimiento crónico podría ser el origen de nuevas patologías o, en su defecto, agravar o precipitar otras.

Las unidades de seguimiento post-covid ya están en marcha en muchos hospitales para recolectar más datos que permitan descifrar su origen, actividad y tiempo de duración y llevar a cabo ensayos clínicos que ofrezcan estrategias farmacológicas eficaces y adaptadas a esta nueva realidad.

Hasta cuándo pueden permanecer y cómo se pueden resolver son preguntas que deben resolverse con investigación, teniendo en cuenta que tampoco se sabe hasta cuándo el SARS-CoV-2 formará parte de nuestras vidas.  Grupo de Trabajo en Enfermedades Infecciosas (GTei) de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), 50 secuelas de la covid | DiarioMedico

https://www.diariomedico.com › investigacion › 50-sec.

[1] Cfr. www.unesco.org

[2] 2020 Sociedad Española de Cardiología. Publicado por Elsevier España, S.L.U.

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