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“Dejándome fascinar por Cristo”

Testimonio

Mi nombre es Milagros Quispe Siclla, tengo 19 años de edad, soy de lima-Perú, actualmente me encuentro como postulante en la

Quiero compartirles mi experiencia vocacional. Como ya les dije, estoy en formación y siempre es un discernimiento para descubrir la voluntad de Dios en mi vida. El Señor se vale de diferentes acontecimientos para llamarnos a su viña, como lo hizo conmigo. Mi familia fue uno de los medios, por lo que Dios se valió, para encaminarme en la religión católica y otras personas que se toparon en el trascurso de mi vida. Fue de gran ayuda las oraciones ofrecidas por mí, que ahora me mantienen y ayudan en los momentos más difíciles, que sin duda son parte de nuestra vida. Con mucha confianza y alegría empiezo a contarles mi historia vocacional, aquella que cambio mi vida.

Todo inició en la ciudad de Lima, con una sencilla invitación de una religiosa de nombre Sor Adela (que es mi tía, hermana de mi mamá) perteneciente a la congregación Siervas de María Ministras de los Enfermos; ya me había invitado en varias oportunidades a realizar una experiencia para descubrir mi vocación. Su acercamiento en este sentido comenzó desde que tenía 14 años y me encontraba cursando tercer año de secundaria. Cada vez que mencionaba el tema de la experiencia, trataba de cambiar la conversación o decía que más adelante cuando acabara mi secundaria. Personalmente no tenía ningún interés, estaba completamente entusiasmada en las cosas que ofrece el mundo; las modas, fiestas, amigas, todo lo veía superficialmente, estaba seducida por la mundanidad. Así era mi forma de ser, entonces ¿cómo responder a esta invitación?  ¿quién era yo realmente?, no sabía escuchar ni acoger los consejos de los demás. Cuántos ángeles se hicieron presente en esos momentos para ayudarme, pero en muchas ocasiones no supe escuchar, todo lo evadía, no me dejé conducir por un buen camino, sino que, todo lo contrario, me dejé llevar por el egoísmo que apagaba en mí el verdadero centro que lo hace todo y da todo, al que debo mirar, y del que trataba de huir. Mis padres padecieron mucho, sobre todo les invadía la preocupación, no sabían qué hacer, cómo ayudarme, ya que no quería saber nada, tampoco tenía confianza en ellos.

Una mañana del mes de enero estando en la casa con mi abuelita y mi madre, justo ya iniciando el periodo de vacaciones, suena el teléfono y al contestar era justamente mi tía la religiosa Sierva de María que me recordó la invitación de la experiencia. Me dio días para pensarlo, pero no tenía ningún interés, porque ya me había planificado para descansar y disfrutar de las vacaciones. Sin embargo, me quedaba una cierta curiosidad y me venían muchos interrogantes.

 Pasaron varios días, cuando de pronto tomé la decisión de hacer la experiencia. Avisé a mi familia que iría solamente por un mes o tal vez menos tiempo, luego llamé a mi tía la religiosa. Todos quedaron muy sorprendidos de mi decisión, pero como mi familia es muy católica me animaban y se alegraban con tan gran noticia. 

Llegó el día esperado, nerviosa y a la vez llena de entusiasmo, en compañía de mi madre y mi abuelita partimos al Convento, que está a unas horas de mi casa; no faltando nuevamente el ánimo y los consejos. Al llegar al convento nos recibió una religiosa muy simpática que, hasta ahora recuerdo su acogida y alegría, luego vinieron a mi encuentro mi tía y otras hermanas más, por cierto, la mayoría entradas en años, todas me recibieron con mucha alegría por lo que me dio gran confianza. Me sentía en familia, era como si hubiera vivido aquí toda mi vida.  Cuando pregunté dónde estaban las demás aspirantes, me llevé la sorpresa de que no había ninguna, era yo la única, pero no me asusté para nada, estaba muy decidida y contenta de experimentar esta nueva etapa. Sin embargo, a la siguiente semana llegaron 3 jóvenes que fueron mis compañeras.

Desde el momento que ingresé, Dios ya tenía un plan para mí que no conocía, me tocaba descubrir. En ese periodo de experiencia Dios tocó mi corazón y me fue enamorando cada día. Fui reflexionando sobre mi historia, conociéndome y viendo los errores que había cometido, queriendo cambiar muchas cosas, pero poco a poco iba entendiendo que todo era parte de mí y que el Señor se había fijado en mí con todo lo que tenía, con lo que era, sobre todo miraba mi corazón. Las Religiosas de esta comunidad me animaban me decían que en mí había una vocación dormida que tenía que seguir despertándola, que me tenía que quedar más tiempo para conocer mucho mejor la Congregación; ellas fueron mis primeras formadoras un ejemplo de vida de lo que estoy sumamente agradecida.

El tiempo pasó rápido y se cumplió un mes, era el momento de retornar a casa para continuar con mis estudios, me faltaba solo un año para culminar mis estudios de secundaria. Tenía que tomar una decisión, quedarme como estudiante en el aspirantado o regresar a casa.

Sor Adela que me acompañó desde un inicio, me volvió a interpelar en el seguimiento a Cristo, así que, pensándolo con mucha serenidad y libertad, decidí quedarme como estudiante para luego seguir como aspirante. También descubrí que me gustaban los enfermos, pues tuve mucho contacto con ellos, sobre todo con las personas mayores. En la comunidad, como ya les dije, había muchas hermanas mayores, que necesitaban ser atendidas, es por eso, que me di de lleno en cuidarlas, acompañarlas, inclusive hacerlas jugar, etc.

El tiempo del aspirantado me ayudó a conocer con más profundidad a Cristo y a la Congregación. Todo ello me motivó a seguir dando un paso más, y a continuar respondiendo a este llamado con mucha ilusión y entusiasmo, dejándome fascinar por Cristo, para que Él vaya haciendo su trabajo en mí, como el barro en manos del alfarero.

De esta manera sigo con mi formación y cada etapa tiene su riqueza, ahora estoy aprovechando al máximo esta nueva etapa del Postulantado en la Casa Madre, es un regalo precioso estar aquí, en la cuna de mi Congregación, donde todo empezó, y en donde mi Madre Fundadora Soledad Torres Acosta vivió y murió. Además, estoy   compartiendo con 15 jóvenes de distintos lugares del mundo, todas con un solo ideal: ser de Cristo y formarnos para ser buenas Siervas de María.

Estoy muy agradecida a Dios porque su ayuda se sigue manifestando en los acontecimientos más pequeños que me animan a continuar en este camino.

Es todo lo que les puedo compartir de mi historia vocacional. Animarlas a cada una de ustedes a responder a este llamado porque Dios continúa llamando cada día. No tengan miedo a escuchar la voz de Cristo, Él está con ustedes siempre.

Puesta bajo la protección de la Virgen María, me despido. Muchas gracias


– Milagros Quispe Siclla

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