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Divino Enfermo Espiritualidad

La fe, la esperanza y el amor se convierten en una oración.

Una de las pruebas mayores que pasamos las personas es la enfermedad, ya sea de los seres que más amamos, o la propia. Nos preocupa el tiempo de la misma enfermedad, el dolor físico o el dolor del alma que ocasiona, la soledad y quizás muchas veces el pensar en qué momento será la despedida, el ¿cómo será?, ¿cómo actuar? ¿qué decir?, ¿cómo ayudar?

El sufrimiento está presente tanto en el familiar como en el enfermo. Se presentan tantos frentes, tantas incertidumbres… Yo como enfermo puedo cuestionarme, qué espero de la enfermedad, de los tratamientos, del trato en los hospitales… si mi cuerpo resistirá; me duele el no hacer sufrir a mis seres amados. Sentirme aislado y desvalido en un espacio sin medida, gris e infinito, lleno de deseos de trascendencia, pero también de sentimientos de pequeñez, de sentir algo parecido a helar los huesos, el alma, el buscar calidez entre los seres queridos, conocidos, no es solo el miedo al fin de la existencia, a algo desconocido e indefinible, es también la imposibilidad de no saber proyectar todos estos y más sentimientos que puede vivir un enfermo.

Cuando todo esto llega y el sentimiento de que todo puede estar perdido, porque la vida te cambia en todos los sentidos, es cuando la “fe, esperanza y amor” se convierten en una oración. Dios nos escuchará si nos acercamos en un momento a solas, a colocar nuestra vida en sus manos, para hacer su voluntad. Nuestro amado Padre nunca es indiferente, a pesar de nuestras fragilidades. Pues es, ante todo, Padre. Así se podrán vencer, los temores, dudas, fallas, con gritos que al suplicar se convertirán en palabras dóciles con voz baja, tenue, con llanto, con sentimiento del alma, al buscar su rostro para pedir su sanación, la cual muchas veces con fe y confianza plena, se pide “sáname, Señor”. Muchas veces se quiere sanar, más que el cuerpo físico, el alma; se busca la paz, se busca su palabra y los sacramentos. Del testimonio de los santos se puede aprender su fe y fortaleza en la enfermedad física, espiritual y psicológica.

Hay que recordar que el amor es el motor de la vida espiritual. Tener presente siempre que el misterio pascual, es amor entregado. Y al recordarlo poder madurar en la fe y así poder ser transformado en decisión libre y voluntaria de entrega:

“Se necesita un paso que debe atravesar el discípulo de Cristo, siguiendo su ejemplo, ya que la pascua de Cristo está constituida en el paso en una condición de esclavitud a la libertad de hijos de Dios, y nuestros sufrimientos deben ser insertados a los de Cristo (1 Cor 1, 5-7) purificándonos de la levadura vieja, para ser masa nueva: porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. Se realiza al lado de nuestra vida terrenal, en la realización del “misterio pascual”, o sea del paso de una situación alegre o triste, a aquella sucesiva: es siempre un “morir” a una experiencia, a una circunstancia, a una fase, para “vivir” una realidad diferente”.

“Consiguientemente, todo hombre en su sufrimiento puede hacerse también participe del sufrimiento redentor de Cristo, lo cual, hará de ellos verdaderos misioneros cooperadores y les reportará profunda serenidad y paz espiritual”. HLSMS Regla de vida estatutos generales, pag.27.

No sólo es el Señor Jesús, el mismo Dios hecho carne, quien señala que el camino de la santidad es el camino de la Cruz, sino que ahora es su Madre. Parecería injusto pensar que el Hijo de Dios, quien habiendo sufrido tanto, hiciera sufrir a su Madre, a quien, como dice el S. Juan Pablo II, dejaba con tan grande dolor e(Redemptoris Mater n. 23); sin embargo, al meditar detalladamente en toda la vida de María, se convierte ella misma, toda su persona, en el testimonio más eximio y en la corroboración más clara de que el camino para alcanzar nuestra reconciliación es vivir en Cristo, asumiendo el horizonte esperanzador de la Comunión divina de amor, pero también la dimensión de abajamiento a lo largo del camino al Calvario, hasta morir como Cristo en la cruz, para luego resucitar a una nueva vida.

“Estuve enfermo y me visitasteis” Mt 25, 36

Madre Soledad se había habituado a ver en cada persona al Hijo de Dios vivo, y, sobre todo, en cada sufrimiento humano sentía palpitante al Cristo del Calvario.

El Divino Enfermo nos recuerda que los enfermos son imágenes vivas de Cristo y les hemos de servir y atender como al mismo Señor.

En estas sencillas frases se encierra el núcleo de cuanto queremos vivir las Siervas de María y que con la ayuda de Dios e inmensa gratitud queremos compartir con cuantos se nos acerquen. 

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