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La Fidelidad actuante de mi Señor

Testimonio

Una servidora comparte su historia de salvación, específicamente de cara a la vocación que, en su gran misericordia, Dios quiso llamarle: “Llamó a los que Él quiso”.

Nací en El Salvador, C.A. el 26 de enero de 1977. Mis padres son personas sencillas, pero con sólidas bases de fe, pues, aunque no siempre fueron practicantes, sí nos heredaron a mis hermanos y a esta servidora el don de la fe, a través de los sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, confirmación y primera comunión. 

Cuando tenía 14 años, en familia y de la mano de la Santísima Virgen María, iniciamos una vida de seguimiento a Cristo, en la Iglesia. Fue un mes de enero de 1991 cuando conocí una comunidad religiosa que llegó a invitar a las jóvenes a conocerlas. Estábamos en una vigilia mariana. Con mi hermana mayor, pedimos permiso a mis padres para ir al convento. Se valió el Señor de mi papá para concedernos esa gracia, ya que, como es natural, mi madre se resistió un poco. Mi padre se encargó de llamar y comunicarse con las hermanas, comentarles nuestras inquietudes y cuando hubo concretado que nos recibían para una experiencia, nos comunicó, nos preparó, y nos llevó al convento. Fue un lunes 04 de febrero de 1991 cuando dejé por primera vez mi humilde hogar, para ir a conocer a Cristo y el designio de amor que tenía reservado para mí. 

Fue una etapa muy hermosa, aunque dolorosa, que me ayudó a descubrir parte de mi ser interior y aunque crecí integralmente en todas mis dimensiones; tuve que volver a casa, por sugerencia de las hermanas, ya que por ser muy chica, necesitaba disfrutar más a mis padres, desde la vida de fe y la superación de crisis familiares que habían cambiado desde que mis padres empezaron a caminar en la Iglesia. Por otro lado, en los resultados de mi curso académico, (9º grado) secundaria, se veía reflejado, el impacto de esta historia que en mi adolescencia empezaba a integrar, como parte de la formación religiosa que, con tanta exquisitez, el Señor nos concede en nuestro estado de vida. Regresé con mis padres un 29 de octubre del mismo año y cuando hubiera madurado un poco más, regresaría al convento, si así lo deseaba. 

En enero de 1992 cumplí 15 años y estando con mis padres e integrada a la comunidad de la renovación carismática, hice retiro espiritual y empecé a recibir formación cristiana, también a servir a Dios y a la Iglesia con el don del canto que tanto me gusta. Sin embargo, nunca olvidé lo que aprendí con las hermanas y aunque me sentía un poco herida porque me devolvieron a casa, sentía nostalgia de ellas y del hacer por los pobres y necesitados; pues su carisma es muy amplio y bello, atienden al prójimo en todas las edades, inspiradas en el lema: “Todo por Jesús” y en el evangelio del buen samaritano. Debo referir que, a esa edad, no tenía claridad de la vocación religiosa y de los fundamentos y los compromisos, solo sé que me hacía feliz pensar que toda mi vida debía ser para Dios; de hecho, cuando me habían puesto el uniforme con una medalla de la Virgen, le había dicho en mi corazón, a Dios, que estaría con El, hasta el final de mi vida. Cómo iba a hacerlo, no lo sabía, ni me lo imaginaba; creo que ni sabía la profundidad de lo que decía.

Hoy tengo la certeza que esa inspiración fue su misericordia, su amor y su moción la que me marcaba para siempre. Es como una semillita que Él sembraba con gran primor en mi alma. Por eso, aunque estaba de nuevo en el mundo, solo pensaba en cómo iba a cumplir aquello de ser para Él; así que cuando una joven conocida, me habló de otra comunidad, me dio datos e información, me inquietó y me animó a participar en una convivencia vocacional que empezaría el 06 de enero próximo y al concluir, las jóvenes decididas iniciaban postulantado. Reconozco una constante interior: determinación en ir y quedarme. Todavía me sorprendo de esa actitud. Aquí debo decir que sí fue un tiempo de crecimiento y disfruté de mis padres y de compartir con ellos el caminar con Jesús y María, pero no me detenía. También debo confesar que me enamoré en ese año escolar, era mi décimo, pero no me atreví a aceptar al chico “lindo”, quizá por los consejos, temores o incertidumbres que me infundían mis padres, sobre el noviazgo, pero, aún, en ello veo la acción de Dios, que me seguía preservando para Él.

Con toda la decisión de irme con aquellas monjitas que nunca conocí, había hablado con mis padres, pues seguía siendo menor de edad, y en esta ocasión, se invirtieron los papeles: mamá me apoyaba y papá se resistía. Él decía que me esperaban las anteriores hermanas… y que mi hermana estaba con ellas, pues si recuerdan, fuimos dos y ella sí había continuado por ser más grandecita y estaba para irse al postulantado, a Costa Rica.  Así que, por designio de Dios, las hermanas llamaron el 29 de diciembre para avisar que mi hermana llegaba en unos días para despedirse de mis padres y preguntaron si esta servidora deseaba regresar. Sinceramente, me sentía apenada por quedar mal con las de la convivencia, pero también la admiración de esta “casualidad” solo me impulsaba a decir: Sí, porque debo decir un detalle importante, no teníamos teléfono en casa y el número que papá había dado a las hermanas era el de unos hermanos donde nos reuníamos a orar y por una emergencia nos lo habían puesto a la orden. Así sin más, papá emocionado, respondió por mí, y les dijo que me esperaran el 1 de enero. Era el año 1993. No me resistí, hasta ahora me esperan en la tal convivencia del 6 de enero. Fui, esta vez, sola, y me quedé. Hice mis votos temporales en Costa Rica el 8 de diciembre de 1996; los perpetuos el 08 de diciembre de 2004, en El Salvador y era muy necesario narrar esta primera parte… 

Mi Señor, es un Dios vivo, y operante; como Jesús nos lo dijo: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn. 5,17) Ahora quiero hablar de mi Alfarero, fiel, que me ha dado piernas de gacela y me ha hecho caminar por las alturas, como dice el cántico de Habacuc 3,19. 

He seguido al Señor, con firmeza, alegría, determinación, constancia, generosidad en darme de todas, todas, incansable, creativa, fervorosa, afectuosa, etc. Pero no sin faltarme incoherencias, deslealtades, infidelidad, conversión. Seguirle es maravilloso, pero dejarse transformar, dejar que, Él, modele mi barro, cuando he creído que soy buena, no es fácil. Sin embargo, Él no se retracta jamás de elegirte, y aun más, te da su gracia para perseverar, para levantarte y sobreponerte y seguir tras Él, a pesar de la miseria que uno es. Saberme amada, deseada, esperada y llamada una y otra vez, es el regalo más bello con el que me ha sorprendido toda mi vida, y mi vida consagrada. Hoy por hoy tengo 47 años, de los que no me arrepiento de nada más que de mis muchos pecados, y que hasta eso es una gracia maravillosa: el dolor de mis pecados, el dolor de no haberlo amado tanto como he deseado y sigo deseando. Cuando tenía 37 años, y después de una gran historia en entrega apostólica, cumpliendo 19 años de vida religiosa, y llevando aproximadamente unos 7 años de confrontación personal sobre si estoy siendo la esposa de Cristo que Él soñó y la misma que el día de su toma de uniforme de postulante, le dijo: “Si he de ofenderte, por favor dame la muerte”… ¡Qué pronto conocí esa muerte! 

A causa de mis incoherencias y aunque me daba cuenta, podía más la negligencia irracional e inconversa. Pero su amor era tanto, que me rodeaba en la soledad y me hablaba con primor, me enamoraba una y otra vez, seducía mi alma, y me hacía reprochar todo cuanto me separaba de Él; y aunque me dolía descentrarme de Él, mi conclusión era: recomenzar, pues no me veía feliz en nada más. ¿Qué fallaba? ¿Dónde estaba lo malo? En nada más y en nadie más, que, en mí, que, estando clara de sus exigencias en mis votos, me alienaba al contexto “normal”. Intentaba ser pobre de verdad, ser casta de verdad, y obediente de verdad; pero no lo conseguía. Me desprendía de cosas y personas y pronto ya tenían reemplazo; obedecí siempre y fui a donde me enviaran y me entregué en todos los ministerios que me confiaban, generosa, pero me faltaba algo, y sentía su reclamo en mi alma; me faltaba mística, me faltaba oración, me faltaba sencillez, me faltaba sacrificio…ya podía desvelarme, acostarme tarde trabajando o estudiando, o sirviendo en lo que mi comunidad necesitara, pero tenía días libres, solo para mí, para reponerme, podía dormir hasta tarde, ir a pasear sola o acompañada; podía hacer muchas cosas que eran y son normales en esa comunidad y han de ser un don de Dios, sin duda; pero Él me quería diferente y me impulsaba a ello. Yo no sabía cómo; hasta que un día me volvió a llamar: escuché una dulce voz que me preguntó: ¿Y si conoces otro carisma? Pensé que era una imaginación, pero me inquietó mucho, al punto de pedirle que me ayudara a comprender si era su voluntad; le pedí signos, que en su gran bondad me fue dando; me guió y me condujo hasta las Siervas de María Ministras de los Enfermos. Se encargó de abrir toda puerta de claridad, paso a paso en un lapso de 6 meses, para iniciar un proceso jurídico y legal, en la Iglesia: Un tránsito de Instituto (Canon 684). Fue así como el 23 de junio de 2015, inicié una experiencia de conocimiento del carisma y vida de las Siervas de María, a la vez que, ellas, también me irían conociendo y considerando aptitudes afines a su Instituto. Ambas partes discernimos la voluntad de Dios, coincidiendo en que sí podía continuara mi vida consagrada, como Sierva de María. 

Cumplido el tiempo, felizmente profesé nuevamente los votos perpetuos, abrazando las nuevas Constituciones del Instituto Siervas de María, el 11 de octubre de 2018. Con esta profesión quedaba desvinculada de la anterior congregación, misma que no deja de ser un don de Dios en el que Él me llamó a temprana edad. Es importante decir que se me pudo enviar al noviciado nuevamente y comenzar de cero, y estuve dispuesta; pero El Señor, mediante el corazón y la sabiduría de las superioras mayores, me concedió ser reconocida como profesa desde el inicio y es así como en el 2021 celebré mis bodas de plata, de vida consagrada, tomando en cuenta que mi primera profesión fue en 1996. 

Doy infinitas gracias a nuestro Señor y a nuestra Madre María, Salud de los Enfermos, porque me han traído a casa, a mi familia religiosa en donde, por su carácter y mística, por su identidad propia, favorece el trabajo de mi Alfarero, modelar mi torpe barro. Vine como cierva sedienta y desde el primer contacto con las Siervas de María, supe que aquí estaba la fuente que saciaría mi sed. Nuestro Señor es el mismo que seguimos todos los consagrados, sí; pero el espíritu religioso, el buen espíritu, es el que influye para que nuestras vidas se encaminen bien, por sendas de virtud y conversión. Ese vivir en estado de conversión, se consigue mediante la lucidez espiritual que debe mantener un alma consagrada. En lo personal me ha ayudado muchísimo la práctica sencilla y dulce de rezar muchas Ave Marías y de la constancia en la vida sacramental…todos los sacramentos y los más relevantes: la confesión y la sagrada Eucaristía. La vida de piedad y la exquisitez con que celebramos la liturgia de las horas, respetando sus normativas de cara a ser una sola voz en alabanza universal. El carácter propio con que cada familia religiosa practica los votos es muy importante para garantizar la calidad de su consagración en sus miembros. 

Finalmente quiero agradecer la paciencia que han tenido mis lectores y suplicarles que no se rindan ante sus falencias o pecados. Me dirijo a quienes ya son consagrados y consagradas. Y no dejen de ver la fidelidad de Dios en sus historias. Los animo a recomenzar, cada día y aunque no a todos nos llama a un Tránsito, sí, nos está llamando a ser mejores consagrados, en el contexto que nos ha tocado vivir. También animo a los jóvenes, a que no piensen que están muy chicos para seguirlo; estoy segura que Él nos lleva a feliz término, y no nos deja perder en el camino, porque Él es el FIEL.

A mayor gloria de Dios:

– Sor Lorena Álvarez Juárez 

Sierva de María, por su infinita misericordia.

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