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Las Siervas de María al servicio de ese frágil regalo que es la vida

La vida es un don de Dios, un regalo, un continuo milagro, y a la vez un misterio.

Contemplar este misterio, acogerlo, protegerlo, cuidarlo, es la tarea que nos corresponde, para que alcance su pleno desarrollo y todo el esplendor que el Señor desea para sus criaturas. Es hermoso ver la vida incipiente de un bebé, la total dependencia materna, la ternura que suscita a su alrededor, la ilusión de su balbuceo y primeras palabras, viéndolo crecer. Todo favorece para afirmar sin lugar a dudas, que es un regalo, una bendición, decimos. Y es cierto.

Pero bien sabemos que no siempre es así. Cuando el bebé nace con problemas, los padres deben esforzarse para seguir considerando que es “un regalo”, y según qué tipo de problema sea, necesitarán más o menos tiempo para aceptar la realidad de algo que no esperaban, y por lo tanto les ha sorprendido de forma dolorosa. Lo que ocurre es que el amor todo lo puede, y por encima del problema, está el hijo, y terminan descubriendo que esa parte costosa, encierra algo que a todos les hace “crecer”.

El desarrollo humano tiene sus fases, y aun cuando la persona se mantenga sana la mayor parte de su vida, llega un momento en que la salud se resiente, bien por enfermedades, o bien porque al sumarse años, éstos no vienen solos, sino acompañados de achaques, limitaciones, dolores, etc. Y esta fase final también llega a crear dependencia de los demás, si bien de muy distinta manera a la de las primeras etapas de la vida que antes decíamos. Y aquí sí que el ritmo familiar se altera, precisando un aprendizaje para seguir valorando la vida, independientemente del estado en que se encuentre. No es fácil compaginar la atención de la persona enferma, con el trabajo, con las tareas domésticas, con la atención a los demás miembros de la familia, etc. Y se necesita una ayuda para saber sacar adelante todo eso, sin perder la calma.

Nosotras, Siervas de María, Ministras de los Enfermos, con una espiritualidad propia que nos ayuda a descubrir el valor de la vida, optamos por ella en una sociedad que a pesar de presumir, (muchas veces con sobrados motivos), de sus avances y descubrimientos, debe aceptar también sus límites ante este misterio de la vida, del dolor y de la muerte. Nosotras, digo, somos portadoras de una luz, que aunque parezca humilde y pequeña, es capaz de iluminar ese mundo de dolor, y ayuda a aceptar con paz esa realidad. ¿Cómo? Con la luz de la fe, pues Jesús, con sus palabras y obras, nos enseña el modo de acercarnos al otro en su dolor.

Cualquier seguidor de Jesús que se toma en serio el discipulado, no puede ignorar que el Maestro se mostró sumamente sensible ante el dolor; y el evangelio describe numerosas escenas en las que Jesús se acerca, les habla, los toca, los cura, y hasta les devuelve la vida. Y son numerosas sus palabras revelando que cualquier cosa que hagamos a los demás, a los humildes y pequeños, lo toma como hecho a Él mismo. Expresamente dice: “estuve enfermo, y me visitaste”.

Esta frase evangélica motiva y sustenta la vida y el hacer de cada Sierva de María, que a ejemplo de su Fundadora, Santa Mª Soledad Torres Acosta, gasta su vida en una entrega hecha servicio al enfermo, que mirado con ojos de fe, es el Cristo doliente que precisa atención, y por ello no hay distinción en su cuidado, sino que por el contrario, su atención esmerada y gratuita es motivo para que el mismo enfermo, en la medida en que se encuentre en condiciones de ello, se interrogue el por qué de esa atención. Se hace sensible a que alguien se interese por él, o ella, se ponga a su servicio; y su presencia se convierta en cauce de consuelo, cercanía, amor y trascendencia, hasta llegar a sentirse amado por el Dios misericordioso.

Es preciso aclarar, para quienes puedan leer este artículo, que ser religiosa y enfermera no se contraponen, sino que se complementan, y por lo tanto no supone de ninguna manera dificultad, porque ambas cosas se compaginan perfectamente, sin que para realizar o vivir una dimensión, se tenga que “aparcar la otra”. Ambas se integran, y desde nuestra condición de consagradas a Dios, para llevar su presencia al mundo del dolor, nos podemos entregar al enfermo como alguien que, además de servirle buscando su alivio y bienestar físico, busca también su bienestar espiritual, es decir, su bien integral. Este buscar el bien integral de la persona no es exclusivo de la religiosa enfermera, pero podemos asegurar que con la gracia que nos aporta nuestra condición de consagradas y con el carisma de Sierva de María, somos instrumento del que Dios se sirve en tantas ocasiones, de modo que a través del cuidado corporal del enfermo, y con el respeto que merece el ser humano, nos acercamos a su misterio más íntimo, aportándole la luz y la paz que el Señor quiere para sus hijos, sean quienes sean. 

¡Cuántas veces hemos experimentado que la enfermedad y el dolor han sido el momento ideal para la persona que sufre, pues le propicia la ocasión de llegar a descubrir junto a sí a Dios, abriéndose a su plan de salvación, encontrando en la cruz de Cristo la mejor medicina!

Algunas veces podemos experimentar cierto rechazo inicial, que normalmente pronto desaparece al constatar el enfermo que nuestra condición de religiosas no es obstáculo para que encuentre la atención que precisa, pues respetamos sus creencias o su carencia de ellas, así como sus costumbres o gustos. Con más frecuencia encontramos cierto reparo, en dejarse hacer las cosas por una religiosa; la idea que han podido tener de “las monjas” puede contrastar con el quehacer que conlleva por ejemplo, el aseo de la persona enferma, o algunos otros cuidados que afectan directamente a la intimidad personal. Pero igualmente, pronto queda superado ese reparo al experimentar con qué delicadeza es tratado, ya que nuestra visión de fe nos ayuda a ver que tratamos los miembros doloridos del mismo Cristo.

Igualmente la familia se beneficia de la ayuda que podemos aportar, pues aprenden no sólo cómo cuidar al enfermo, sino también a cambiar su mentalidad, llegando a mirar esa situación con más serenidad, e incluso con más cariño hacia la persona enferma. Esto es sumamente importante, pues las personas que rodean al enfermo, familiares o no, influyen mucho en el modo en que éste acepta su propia enfermedad, y pasen del “sentirse una pesada e inútil carga”, al descubrir que todavía tienen mucho que aportar a todos, pues su dignidad y su dolor hacen que cada uno a su alrededor den lo mejor de sí al atenderlo, y experimenta que se compadecen en el pleno sentido de la palabra, no que suscita lástima, sino compadecer en el sentido de que se ponen en el lugar del enfermo, sienten con él, padecen con él. Y a partir de ahí, su vida, o mejor, su actitud cambia, porque se les ha abierto un horizonte y una meta.

De ahí que la misión de la Sierva de María sea causa de gozo interior, y se sienta muy feliz realizando este ministerio. No podemos dejar de lado que nuestro trabajo ha de ser mirado y vivido desde una dimensión muy concreta: somos personas consagradas, cuyo carisma evangélico da nueva visión a la hora de ponerse junto a un enfermo. Las palabras de Jesucristo: “Estuve enfermo y me visitaste”, nos confieren una visión creyente que nos hace ver al mismo Jesucristo en el rostro de cada paciente, y por otra parte, deseamos, y en la medida de lo posible nos esforzamos, para que el enfermo vea también en nosotras a Jesucristo que se acerca a él en el misterio de su dolor, para iluminar su noche y darle su sanación total, no sólo física. Todo ello animadas y sostenidas por la presencia materna de María, que como nos dijo San Juan Pablo II, “entra con nosotras en las asistencias”.

Por todo ello, el ejercicio de nuestro ministerio es gratuito y así debe seguir siéndolo, porque lo que hemos recibido gratis, nos pide el Señor que lo demos gratis. Y esa gratuidad no se limita a no recibir retribución material por el trabajo realizado, sino que cada Sierva de María se entrega gratuita y plenamente, yendo más allá del límite que pueda marcar el horario o lo que “corresponde a una enfermera”, y tantas veces llegamos a ser hermana, madre o hija, que ama a los pacientes y se vuelca en mil detalles que pueden proporcionarle alivio material o espiritual.

Y llegados a esta altura cabe preguntar: Y los que no son religiosos, sino cristianos “de a pie”, personas sensibles al dolor ajeno, ¿cómo pueden ayudar a las personas enfermas? Creo que de todo lo anteriormente expuesto se deduce la respuesta. Si miramos con “ojos de mundo” en esta cultura contraria al Evangelio que se nos quiere imponer, y nos dejamos llevar de esos criterios antievangélicos, nos perdemos lo mejor, que es sin duda todo lo descrito en este artículo: ser cirineos de quienes llevan la pesada cruz de la enfermedad. Si en cambio miramos con ojos de fe, todo cuanto viven las Siervas de María está al alcance de quienes, como el buen samaritano, ven al prójimo caído en cualquier camino de la vida, y se le conmueven las entrañas, de tal manera que se “implican” de la forma que le sea posible, a fin de ayudarle y aliviarle.

El evangelio es para todos, no es exclusivo para las Siervas de María, si bien nosotras nos dedicamos de lleno a esta misión. Pero ¿quién no puede visitar a un enfermo, dedicarle un tiempo, acompañarlo en su soledad, escucharle, animarle con palabras de esperanza compartiendo la fe, prestarle pequeños servicio, como limpiarle el sudor, refrescarle los labios, expresarle un gesto de ternura, con la mirada, con la sonrisa, con la palabra? o mostrar interés por ayudarle? Todos son verbos que implican acción, pero para el enfermo son mucho más que eso; son gestos que abren su corazón para sentirse “alguien”, no un estorbo, sino una persona con toda su dignidad, que tiene mucho que decir y enseñar, -tal vez desde su silencio- a quienes nos acercamos a ellos en actitud de querer aprender. Sería hermoso y consolador poder oir a ese enfermo en éstos términos:

Cada día venías junto a mí,

Y siempre me cuidabas con amor;

En mi soledad ansiaba tu presencia,

Y me enseñaste a perdonar de corazón. 

Me sentía seguro ante tu entrega,

Y tus manos aliviaban mis heridas,

Tu mirada me elevaba al Absoluto,

Y mi pena se rindió ante tu sonrisa. 

Yo sabía que tu tiempo era mío,

Y tú sabías “estar” como María,

En tus gestos entendí que yo era “alguien”,

Y tu vida transformó mi pobre vida.

 Comprendí que la cruz no es un castigo,

Y fue una gracia que me visitases,

Pues contigo entraba Cristo dando Vida,

¡y como a Él, con esmero me cuidaste!

Sor Encarnación Rodríguez, S. de M.

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