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¿Qué es la salud espiritual?

El ser humano no es solamente materia

Esto lo puede comprobar hasta la persona que por diversas razones se denomina increyente. ¿De dónde proviene el amor? ¿Por qué el deseo de vida? ¿Por qué se busca la alegría? ¿Por qué no se olvida a los seres queridos que partieron de este mundo y se siente una cercanía… de otro modo? Como estas, podríamos hacernos muchas preguntas que nos hacen concluir que somos algo más que un cuerpo conformado por huesos, músculos, tendones, vasos sanguíneos, etc.

Somos también espíritu, no podemos separar este elemento del material. Lamentablemente muchas veces no le damos la importancia que comporta y procuramos con todos los medios posibles la salud del cuerpo y olvidamos la salud espiritual. Es un tanto paradójico, pues los medios para mantener la salud espiritual los tenemos a la mano, de forma gratuita, requiriendo de nosotros tan solo la voluntad para servirnos de ellos.

La salud espiritual nos lleva a vivir en paz, a sobrellevar las adversidades de la vida de manera correcta, a tener relaciones adecuadas con las demás personas, a perdonar las ofensas, a vivir con alegría los distintos roles que realizamos cotidianamente, a sufrir con empatía el dolor de los hermanos, a ser ciudadanos de bien aportando a la sociedad con el propio trabajo y la rectitud de vida.

¿Cómo lograr la salud espiritual?

Como he mencionado en un párrafo anterior los medios para mantener la salud espiritual los tenemos a nuestro alcance.

En primer lugar, la fe. Dios es nuestro Creador y Padre. Mantener ese vínculo de hijo de Dios es el primer elemento que me hace ser una persona saludable espiritualmente. Y Dios siempre está ahí, esperando, escuchando, hablando, amando… Con el simple hecho de tomar unos minutos diarios para la oración, la comunicación con Él, donde podamos contarle nuestras experiencias, nuestros anhelos y deseos, preocupaciones, etc. y escuchar cuanto Él tiene para decirnos, o simplemente como decía la gran Santa Teresa: “hablar de amor con quien sabemos nos ama”, ganamos mucho en salud espiritual. “Venid a Mí, los que están cansados y agobiados que Yo os aliviaré” (Mt 11,28), así nos dijo Jesús y Él siempre cumple sus promesas.

En segundo lugar, la práctica de la religión. Participar de la Eucaristía, los demás sacramentos, frecuentar grupos parroquiales, oraciones en familia, lectura de la Palabra de Dios y libros de doctrina sólida, mantener las sanas tradiciones que recuerden a todos que hay un Ser que nos mira, nos cuida, nos ayuda, nos AMA y a quien queremos llegar a contemplar cara a cara algún día en el Reino. “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio” (Rom 8,28).

En tercer lugar, llevar a la vida lo que experimento en la oración y en la práctica de la religión, gozar de espacios de sano compartir con la familia, los amigos, los compañeros de labores; trabajar en las obras de misericordia. Que se note que hay un motor sobrenatural que nos mueve y no es solamente el deseo carnal de pasarlo bien en este mundo. Será reconfortante poder escuchar al final de nuestro peregrinar el “Ven bendito de mi Padre porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero, y me hospedaste, estuve desnudo, y me cubriste, enfermo y me visitaste; en la cárcel y viniste a verme” (Mt 25,35-36).

¿Por qué es importante la salud espiritual en los enfermos físicos?

Muchos estudios científicos han demostrado que la salud espiritual ayuda de forma eficaz en la recuperación de la salud física en muchos enfermos. Tienen más resistencia al dolor porque pueden sublimar y ofrecer, luchan con firmeza y esperanza, etc. Y en caso de que no se pueda recuperar la salud física, afrontan el proceso de la muerte de otra forma.

Quizás pueda ilustrarlo con dos ejemplos vividos personalmente en mi vida de asistencia a los enfermos.

Primer ejemplo: En una ocasión fui enviada a asistir en las noches a una señora joven, de unos 40 años, sufría un cáncer metastásico que la había postrado en cama. Estaba hospitalizada. Su única hija de 16 años era quien me iba a buscar al convento para llevarme al hospital con algún pariente o amigo. Muy pronto pude darme cuenta de que la desesperación hacía presa de mi pobre enferma y comenzamos a dialogar. Era madre soltera, su hija era fruto de una relación con un hombre casado que tenía su propia familia. Desde que comenzó esta relación dejó sus prácticas religiosas y ahora no podía aceptar que tuviera que morir y dejar sola a su hija en plena adolescencia. Fue un proceso muy doloroso en el que madre e hija sufrían terriblemente. Con mi apoyo y el de otra Hermana que también le asistió fue recuperando un poco hasta que aceptó la ayuda de un sacerdote, se confesó, recibió la Eucaristía y volvió la esperanza. Con este gran regalo de Dios, vino otro que terminó por devolverle la paz. Una noche al llegar me encontré al padre de su hija con sus otros tres hijos, nacidos en su matrimonio, que habían ido a verla. Los tres chicos abrazados a su media hermana y el padre, prometieron a su madre enferma que no temiera, pues ellos se harían cargo de su hija. El buen hombre había explicado la situación a su verdadera esposa y ésta como buena cristiana que había perdonado a su marido, le aceptó que la adolescente fuera a vivir con ellos al morir su madre. Fue un momento de mucha emoción que devolvió la salud espiritual a la enferma y con ella la verdadera paz. A los tres días falleció y en el momento del deceso y funerales, el padre y hermanos de la chica no la dejaron sola, sino que cumplieron su promesa.

Segundo ejemplo: En otra ciudad mi Superiora me envió a cuidar también en un hospital a una joven madre de tres niños, el mayor de 8 años y el menor de 3. Llevaba ya dos años batallando con un terrible cáncer que le ganó la batalla. Era una familia ejemplar, prácticos en la fe que en esos momentos era la que los sostenía. Su esposo, sufría mucho, y era la misma enferma quien le daba ánimos para que no decayera en la fe. Mientras pudo, que fue casi hasta el final, el sacerdote la visitaba y le llevaba la comunión. Estuve presente en el momento de su partida y puedo decir que no pude contener las lágrimas ante aquel cuadro de un esposo joven que lloraba amargamente la partida de su amada esposa y madre de sus tres hijitos. Pero aquel llanto estaba fortalecido con la fe y no dudo que el ejemplo de su esposa lo sostenía para continuar en la lucha por sus tres hijos. Ella, a pesar de los fuertes dolores físicos que sufría, nunca perdió la paz porque tenía una óptima salud espiritual.

CONCLUSIÓN

“La vida es corta hay que disfrutarla”, solemos repetir con frecuencia. Estoy de acuerdo con la expresión. Pero hay que saber escoger cómo quiero disfrutarla, porque la vida no termina con la muerte. Somos creados a imagen y semejanza de Dios y Él vive para siempre. Solo buscando la verdadera salud espiritual podremos alcanzar esa Vida verdadera y eterna con Dios. Y ciertamente que no habrá forma mejor de disfrutar ésta, que es pasajera. 

– Sor Elvira Pérez Pérez, S. de M.

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