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Testimonio Sor Teresa

Testimonio

La historia de mi vocación, comenzó así, de golpe y a muy temprana edad. Tenía 14 años, corría el mes de mayo; yo estaba muy ilusionada con los preparativos que mi madre y hermanas estaban haciendo para mi fiesta de 15 años que sería en septiembre. Ya me imaginaba bailando el vals con mi amado padre y toda la alegría que supone una fiesta quinceañera. En el colegio estaba en el equipo de baloncesto, me gustaba el vóley y la natación, pues en mi pueblo aprendemos a nadar espontáneamente, con tanta agua que papá Dios nos regala, con ríos, arroyos con muchas vertientes de aguas transparentes. 

Recuerdo que, en este mes de mayo, -estaba cursando segundo de secundaria-, durante el recreo solíamos ir a la ventana que da a la calle, corriendo para que no nos ganen otras compañeras del curso. En uno de esos recreos estaba en la ventana en compañía de tres compañeras, cuando mi mirada se paralizó y sorprendidas las cuatro estudiantes quedamos boquiabiertas, pues pasaba por la calle justo frente a nosotras una monja y con ella una jovencita. Era media mañana cuando vimos a aquella monja, no salíamos del asombro, yo pregunté: “¿Vieron lo que yo vi?” “¡Sí, una monja!” Otra dijo: “¿Y de dónde salió?” No esperé más y salí corriendo, pero la señora portera no me dejaba salir. Una de mis compañeras distrajo a la portera y yo escapé del colegio. Busqué a la monja por todo el pueblo y recuerdo que llevaba un uniforme blanco del colegio y al atardecer cambió de color de tanto caminar buscando a la monja en medio de mucho polvo rojizo. Llegué a mi casa diferente, mis padres preocupados con las consabidas preguntas: “¿Dónde estabas? Tu padre y los demás te estábamos buscando. ¿Con quién estabas?” Yo estaba sin palabras, no quise contestar ni hablar con nadie, parecía sonámbula. Esa monja era diferente a todas las personas del pueblo, llevaba una vestimenta diferente con velo, me impactó su forma exterior, sin pretenderlo ella anunciaba que pertenecía a otro grupo especial que yo no entendía en aquél entonces.

Los días pasaban y yo seguía pensando dónde la podría encontrar para hablar con ella. A mi madre no era fácil esconderle secretos y logró que le contara todo, ella siempre fue mi amiga. Seguidamente le conté a mi padre y le dije a ambos que quería irme a un convento. Mi padre me miraba fijamente y por fin habló: “No se preocupe, mi hija, yo conozco unas monjas en Santa Ana, voy a viajar y hablaré con ellas”. Quedé tranquila por el momento. En el colegio continuó el tema de las monjas, salía en la conversación con frecuencia y ya éramos cinco las que queríamos ser Religiosas. Llegó septiembre y la celebración de mis 15 años la pasé muy feliz, no obstante, seguía pensando cuándo mi padre me daría noticias de las monjas que él conocía. 

En el ínterin en que terminé el año escolar y la respuesta de mi padre no llegaba, un día mi mamá me dice: “niña, está viajando la comadre Aydee a Cochabamba”. No la dejé terminar, corrí a la casa de la vecina, hablé con ella casi jadeando de lo que había corrido a tropezones, la Sra. Aydee me dice: “¿Vas a ser monja? ¡Qué bien, cuánto me alegro!” “¡Sí, quiero ser monja y lo antes posible!” Me despedí de ella diciendo, ya casi en la calle: “No se olvide de mi encargo a la primera monja que se encuentre, le dice que me voy con ella a su convento”. Llegaron las vacaciones, mi padre estaba sin respuesta, la comadre de mi madre viajó y yo me fui a la estancia, con mi hermana Alice, ella tenía su primer niño y yo era muy apegada a ese niño y el niño conmigo, el amor era mutuo. Navegamos dos días con sus noches, río arriba, allí disfruté mucho de la naturaleza, el campo, los animales, los atardeceres maravillosos, la pesca. 

En aquel tiempo no existía el celular, los mensajes se transmitían por radio directo, de persona a persona y al finalizar, se decía cambio y corto para dejar hablar al otro lado de la línea, o los del común del pueblo que los leía el locutor de la radio tal cual se escribían en el papel. En mi pueblo la radio Paititi y radio Mamoré eran las más comunes y la gente que vivía en los puertos a lo largo del río en barracas o estancias o pequeños poblados, se reunía para escuchar los mensajes, ahí compartían, reían, conversaban, era digno de verlos a todos en sana armonía. La hora de la lectura de los mensajes era a las 8 pm y repetían a las 8 am, pero cuando eran urgentes, los repetían con frecuencia y decían la palabra urgente. Una de esas noches cuando me encontraba jugando con Dicky, mi sobrinito, se acercó mi cuñado y me llama haciéndome señas que vaya a escuchar los mensajes, cuál no fue mi sorpresa cuando escuché: “Mensaje urgente para Teresa Ruiz, estancia Cascajal; querida hijita, regresó la comadre y lo que tu querías está arreglado, debes regresar mañana mismo si pasa barco. Atentamente, tu padre”. Al escuchar el mensaje, me puse inquieta, pero estaba muy contenta y preparé mi equipaje; no obstante, el barco pasó a los dos días. Navegando río abajo el viaje es más rápido, llegamos al pueblo y, una vez en mi casa, mi madre me entregó una carta de una hermana Sierva de María, encargada de las jóvenes. Mi padre y mi madre estaban atentos a la carta que leía a una velocidad que solo yo entendía, leí esa carta todo el tiempo, la dejaba bajo mi almohada y la leía, escribí otra, recibí otra y así, cartitas van y cartitas  vienen. 

Se determinó la fecha de mi partida y fueron a despedirme al aeropuerto mi padre y mis hermanos, también estaba mi hermana mayor con mi sobrino. No olvido cómo se tiraba al suelo llorando, no quería que yo viajara, me dolió mucho verlo zapatear y a mi hermanita Copa que no tenía consuelo, lloraba todo el tiempo; parecía que yo iba a la guerra que todos estaban tristes, pero mi persona se sentía fuerte y decidida, contenta de ir en busca de lo que pensaba era mi felicidad. Mi madre viajó conmigo, fuimos al convento y me gustó tanto ver en primer lugar a dos hermanas sonrientes, me dieron un gran abrazo, me sentí como que allí me quería Dios. A los tres días mi linda mamá, me dijo: “Te dejo hijita en el convento, yo sé que esto es tu vida, aquí vas a ser feliz”, ella siempre me apoyó. Aún recuerdo una superiora que me puso a prueba el último día, en que mi madre se despidió para retornar al pueblo; sonriendo me dijo, “¿estás segura de querer quedarte?, ya no estará tu mamá, y esa puerta se va a cerrar y tu mamá se queda afuera y tú adentro con Jesús, qué dices”. “Estoy muy segura”, le respondí, “así tiene que ser, mi mamá se queda afuera y yo elijo estar adentro con Jesús”, pero en cuanto estuve sola en el cuarto me eché a llorar sin parar. Cuando conocí, mejor dicho, saludé a las demás hermanas, me pareció que estaban felices, todas sonreían, me abrazaron dándome la bienvenida. 

Desde ese momento siempre he sido muy feliz y no me canso de dar gracias a Dios por haberse fijado en mí llamándome para estar con ÉL. ¡GLORIA A DIOS! Que Jesús Nuestro Señor nos dé su gracia de vivir su santa voluntad, trabajando desde las pequeñas cosas y casos, hablando y actuando cuando es oportuno con justicia, verdad, honestidad y firmeza, sin miedo, porque mi meta está en el Cielo y mi único deseo es amar como Jesús nos enseñó. Pido al Señor que los jóvenes sean valientes en seguir al Señor y den sus vidas por la causa del Reino de los Cielos.

– Sor Teresa Ruiz Duran S.de M.

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